Hola, abuelo. En pocos días hará treinta y siete años que te marchaste; tú tenías noventa años, yo trece. Pero, aunque haga tanto tiempo, sigue pareciendo ayer; no solo la noche que te marchaste, sino el demasiado breve periodo de mi vida en el que pudimos coincidir (cuántas veces he pensado lo que me habría gustado hablar contigo siendo adulto). Así son las personas que nunca se marchan, las que, tras su partida, se quedan para siempre; en el recuerdo, pero sobre todo en la emoción.
Te marchaste con la misma sencillez con la que viviste, con la misma calma, con esa elegancia que no requiere de artificios, que tan solo necesita de la autenticidad que le sobra. Creo que fuiste tú quien, sin saberlo, me enseñó a “saber estar” sin renunciar a lo que eres, sin confundir fondo y forma; creo que fuiste tú de quien aprendí a no hablar cuando no había nada que decir; creo que fuiste tú quien me demostró que un sabio de verdad, y tú lo eras, nunca alardea. Recuerdo al anciano que, ya sin fuerza en las piernas y prácticamente ciego, mostraba la serenidad de quien ha aprendido lo suficiente como para no enloquecer con esta locura que es la vida. Recuerdo tantas cosas…
También recuerdo que nos contabas historias. Y qué bien lo hacías; cómo nos trasladabas en el tiempo y el espacio. Y, ¡por Dios, qué memoria! Cuánto la he envidiado todos estos años. Y la pasión. Esa, al contrario que la memoria, creo que sí la heredé, la de reconectar con el pasado a través de la emoción, la de revivir cada momento rescatando su esencia para decirle al tiempo que los seres humanos ya descubrimos el modo de eludir su condena… al menos en parte.

Entre esas historias estuvo la del treinta de agosto de 1905, la del eclipse total, cuando, según nos contabas, las gallinas, entre otros animales, se volvieron “locas”. Tenías apenas seis años, pero lo recordabas bien; incluido el escepticismo generalizado ante el anuncio de que, en pleno día, se iba a “hacer de noche”. Te confieso que me habría gustado estar allí y compartir el sobrecogimiento de la gente del pueblo cuando, en efecto, se “hizo de noche”. Ahora, abuelo, el personal se emociona más bien poco; está tan saturado de todo y tan lleno de nada…
Pero yo sí estoy emocionado. Desde que escuché tu historia del eclipse, he querido vivir un eclipse total. Y a mis cincuenta años ha llegado el momento; y además “en casa”. No estaré en el pueblo, donde tú lo viste y donde volverá a verse ahora incluso mejor que aquí. Pero sé que tú sí estarás conmigo, con tu hijo (mi padre, que tampoco ha dudado, ni dudará esa tarde, en reproducir la historia que tú le contabas) y con esos dos jovenzuelos que, puedes estar tranquilo, portan con orgullo tu Jiménez. Tienes sitio reservado en la terraza de mi casa; sé que no faltarás.
Volveremos a reírnos del tiempo, abuelo; pero esta vez, con tu permiso, lo haré tomando prestada tu sonrisa pícara. Creo que incluso lograré poner cara de niño de seis años, aunque no estoy seguro de haberla abandonado nunca (ni ganas). Ciento veintiún años después, tenemos eclipse total, abuelo.

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